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El más allá

A punto de cumplir diez años de vida en las aulas, siento que la parca hace mella en mi transitar profesional. La muerte me ha interesado desde adolescente, así que, ya como filósofo, comparto con mi alumnado abundantes textos y pensadores estimulantes, intentando -erróneamente, lo sé- ejercitarlos en el célebre proverbio latino «nada humano me es ajeno». Más bien al contrario, los nativos digitales parecen decirnos «métete lo humano donde te quepa». He visto chavalas y chavales quejándose de aburrimiento cuando leían a F. Nietzsche, E. M. Cioran o A. Camus, también con J. J. Millás o Maruja Torres. Alumnado que respira, sí, por mor de su vida biológica, pero de cerebro anestesiado y, lo que es peor, emocionalmente comatoso. De tal modo que acabas desconcertado ante su falta de desconcierto.

Así que uno ya se plantea en serio si el más allá llegó acá. Si la norma es la existencia virtual y proliferan los órganos digitales, ¿qué les parece si abogamos por un retorno a lo analógico? Me inquieta tantísima dispersión. Las chicas y chicos pisan el aula, pero llegan fragmentados, atomizados, inoperativos. Bostezan por todo y uno sospecha si hay vida en sus vidas, o acaso devienen autómatas que acuden al instituto sin interés mínimo por aprender, o peor todavía: ¡por vivir! Me pregunto qué narices puede motivar a esa juventud cruzada de brazos durante horas, y supongo que quizás Instagram, Facebook, Tinder y toda esa retahíla de aplicaciones que conectan a unos zombis con otros. Y como amigo de lo virtual -pero también de Platón y la verdad- jamás despotrico de estas formas de conexión, si lo fueran realmente. El peligro recae en la ensoñación que supone sentirse vivo cuando esto no es más que un espejismo virtual, y lo humano, justamente lo humano, acaba siendo, más que ajeno, soporífero.

Necesito un chute de jóvenes despiertos, inconformistas, creativos, apasionados, críticos…

Necesito un chute de jóvenes despiertos, inconformistas, creativos, apasionados, críticos, inquietos, de esos que te hacen sentir intensamente vivo. Ellos me verán, supongo, como un cadáver del sistema. No sé quién llevará la razón. Si este atónito profesor rodeado de moribundos en el más acá, o ese alumnado que, entre bostezo y bostezo, sonríen y se sumergen felices -y notablemente ignorantes- en su preciado más allá.

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