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El arte de aburrirse

Tengo la suerte de aburrirme a mansalva. Sin hijos ni apenas obligación familiar, amén de largos periodos vacacionales, disfruto de intensos momentos de sano tedio. Me agradan las horas muertas, creo que despiertan el ingenio y aumentan el valor de la vida. Detesto a esa gente ocupadísima que añora días más largos y lamenta la cicatería cronológica. Se amargan a sí mismos intentando desempeñar multitud de tareas absurdas; acuden a soporíferas citas entre gente desalada, que llega a sentirse importante, cuando nada hay más preciado que la soledad buscada, lejos del terrorismo psicológico propio de las insípidas monsergas ajenas.

Me agradan las horas muertas, creo que despiertan el ingenio y aumentan el valor de la vida.

Del más hondo aburrimieto nacieron obras filosóficas soberbias, sea el caso de E. M. Cioran o F. Nietzsche, tipos con tiempo de sobra como para asquearse y crear ensayos memorables como Ese maldito yo o La genealogía de la moral. Llego a pensar que sólo los aburridos conquistamos la inmortalidad, pues, ¿qué puede engendrar quien, lejos de vivir intensamente, sobrevive a destiempo, falto de oxígeno, libertad y esa inspiración intrínseca a la modorra morbosa? La mayoría de mortales matan su existencia sin pena ni gloria, ocupándose de sus vástagos y apresurados en nimios menesteres. Que si el amigo invisible, que si taller de yoga, que si la cena de antiguos compañeros de colegio „¿a alguien en su sano juicio le importan?„ o vaya usted a saber, el asunto consiste en atiborrar de momificadas obligaciones nuestro insignificante transitar vital. Aburrirse hasta la saciedad, rascarse la cabeza como fin último de la existencia, eso ya ocupa el rango de rara avis. Miren si no la agenda de nuestras indefensas criaturas, niñas y niños ocupadísimos en vacaciones de Navidad por mor de unas madres incapaces de educar en el magno hastío. Los padres ni están ni se les espera, ausencia aprendida en la prehistoria justamente por el cuento de la falta de tiempo y, por ende, de aburrimiento. Si hay un regalo de Reyes valioso y pedagógico, créanme, ése es el de la nada o el vacío. Dejen que los críos se ejerciten en el noble arte de aburrirse.

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