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La gran dimisión

Cuatro millones de estadounidenses abandonaron su trabajo en un solo mes. En Francia y Gran Bretaña se reproduce esta fuga de currantes, destacada en servicios como restauración, transporte y cuidados. No se trata solamente de trabajo precario, sino de un «gran despertar». La gente reivindica una vida propia más allá de su función productiva. Entiende que se necesita mucho menos para vivir de lo que pensaba, una suerte de perspectiva decrecentista sobrevenida. A este fenómeno se le da el nombre de la Gran Dimisión o Gran Renuncia. Parte de su inspiración se debe al historiador Rutger Bregman, autor de Dignos de ser humanos: una nueva perspectiva de la humanidad (Anagrama) y Utopía para realistas: a favor de la renta básica universal, la jornada laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras (Salamandra). Tome nota y súmese a nuestra algarada anticapitalista, pues, a fin de cuentas, el propósito no es otro que vivir, ¡vivir! 

¡Vivir a contracorriente del capital! El capitalismo es recto. La vida, repleta de curvas. Decía Jesús Lizano, el poeta libertario: «a mí me gustan las personas curvas, y huyo, es la peste, de las personas rectas». La ciudadanía entiende, mutatis mutandis, que poner el trabajo en el centro de tu vida comporta demasiadas patologías: autoexplotación, hiperconectividad, atomismo social, ansiedad, estrés, soledad… La simplicidad a resultas del confinamiento –recuperar tiempo de calidad con la familia o con una misma– potenció inesperadamente un desapego laboral que derivó en la defensa de una existencia espartana. Nos dimos cuenta de que ningún trabajo merece la pena. Sin llegar a abrazar –por ahora– al teórico anarquista ruso P. Kropotkin, el apoyo mutuo produce mayor satisfacción que la competitividad; la compañía humana produce mayores beneficios que el afán consumista. Todo se andará. La Gran Dimisión recuerda que hay vida más allá de nuestro salario y recuperarla depende de un cambio de perspectiva. Algunos economistas –con perdón– se preguntan quién pagará las pensiones y tal. Huelga decir que su interés es explotar a las personas y amargarnos la fiesta. Mueran estos tipos avinagrados y viva la gente dispuesta a abandonar su trabajo. 
Tú no eres el trabajo. Cuesta asumirlo, si bien encontramos sugerentes discursos que profundizan, con suma pedagogía, en esta idea: Carlos Taibo, Byung-Chul Han, Thomas Piketty, Zygmunt Bauman, Remedios Zafra… También el sociólogo Vicente Verdú y el periodista Paco Cerdà, ambos de la terreta. Léanse. Reivindiquemos estilos de vida conectados a una cotidianidad cargada de sentido. En nuestro país seguimos a la espera de la Gran Dimisión. ¡Todo es empezar! Así que proclamaré desde esta tribuna el despertar de una época contraria al trabajo. La vida laboral aliena, aburre, hastía. Digámoslo a la juventud: abandonad colegios, institutos, universidades. Huid de la búsqueda de empleo. Uniros a un proyecto de apoyo mutuo, no competitivo; buscad una vida rural, decrecentista, anticapitalista. El trabajo perjudica seriamente la salud. Y la vida.

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