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Ideología en el aula

El debate en torno a la supuesta «ideología de género» en las aulas da pie a replantearnos para qué sirve el sistema educativo. Seré generoso y doy por hecho que sirve de algo. ¿O sirve a alguien? Parece que uno se mueve entre espectros: «sistema educativo», «ideología», «planes de estudio»… ¿Qué sistema, qué ideología, qué planes? La historia nos indica que la ideología universal en las aulas es la del patriarcado y el capitalismo, hermanos bien avenidos de carácter transversal en los espacios, programas, tiempos y estructura de nuestro sistema educativo. Sin ánimo de profundizar en demasía, el horario lectivo es simétrico a la insufrible jornada laboral de una fábrica cualquiera, marcando ritmos, tiempos y vidas. De eso se trata, controlar cuerpos, como bien sabe el patriarcado –y no digamos el capital. Vigilar y castigar, en definitiva, tal sigue siendo la función de una educación deshumanizada cuya máxima aspiración debiera ser construir ciudadanía crítica, ilustrada, radical y no canteras de personas sumisas, apáticas, psicóticas. La educación perpetúa las desigualdades, ¿cómo si no las combate ni por casualidad? Todo es sutil y frágil, pero, sin un martillo nietzscheano o una habitación propia a lo Virginia Woolf, la educación se convierte en un apéndice del orden establecido. Poco saludable, como bien saben.

La semana pasada se admitieron medidas cautelarísimas solicitadas por la Asociación Abogados Cristianos a propósito de un reparto de libros con perspectiva y temática de igualdad/LGTBI. El ayuntamiento de Castellón entregó un lote de 32 libros a once institutos; la jueza Carola Soria los considera insalubres moralmente. ¡Ruega por nosotros! Entiende Soria –esto de entender es un decir– que se «vulneran varios derechos fundamentales, como el de los padres (¿y las madres?) a decidir la educación de sus hijos (¿y las hijas?), la libertad ideológica y la obligación de la administración de ser objetiva y neutral». Después de siglos de imposición de un pensamiento único –¿o esto no era ideología?– parece razonable –insisto, parece– abogar por una educación emancipadora, feminista, diversa e inclusiva. Algo que parece no entender la jueza Soria, quien usa un argumentario manipulador y falaz. ¿Puede una familia «elegir» una educación homófoba o machista? ¿Carece de límites la libertad ideológica? ¿Se permite reivindicar la esclavitud, por ejemplo? ¿En qué consiste ese espectro de la «neutralidad» y «objetividad» administrativa? ¿Quién conforma la administración? ¿Sujetos u ordenadores? ¿Se consiente la imparcialidad ante la esclavitud sexual, la pornografía o el terrorismo machista? Pues miren, cualquier docente que pise el aula sin despeinarse ni comprometerse moral e intelectualmente proyecta una pésima imagen tanto ciudadana como profesional. Si las personas referentes devienen asépticas, insulsas y sin ideología, ¿quién gana? El patriarcado y el capital. 

Quien pierde ante semejantes actitudes inquisitoriales o gregarias es el alumnado, las familias y la sociedad. Se echa en falta una rebelión entre docentes dispuestos a decirle a las otras juezas Soria, a esa parte de la administración triste y pacata, que aquí se viene a educar en la ideología. Y a mucha honra. Pero no en la del pensamiento único que durante tantas décadas aplastaba la conciencia de clase de la sociedad, convirtiéndola en una feligresía abyecta, parroquiana. Decía K. Marx: «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Hay quien siente nostalgia por las tradiciones añejas. Entiéndase: cuando se perseguía a los homosexuales, cuando la Iglesia dictaba e imponía códigos éticos, cuando las fuerzas del orden rendían pleitesía al franquismo, cuando se impedía a las mujeres tener una cuenta en el banco o divorciarse. Esa sociedad ha muerto. Y algunas personas empujamos el patriarcado gustosamente. Otras lo sostienen. Justo quienes prohíben libros feministas o LGTBI. Por eso quienes pisamos el aula tenemos un imperativo moral ineludible: combatir la indecencia, las actitudes inquisidoras y recordar que cualquier tiempo pasado fue peor.

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