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Coeducar es revolucionario

Les contaré una nota personal. Impartí un taller sobre «Masculinidades alternativas» en el IES Blasco Ibáñez de Cullera. La idea es replantearse, como varones, nuestra identidad, forjada en la violencia, mutilación emocional, misoginia, homofobia, cultura homoafectiva… O sea, aportar un retrato de la condición inhumana de todos los hombres. La radiografía raramente agrada a los chicos jóvenes en tanto que se trata de un monstruo oculto en su persona, complacido e incluso mimado desde su entorno familiar, educativo, social, cultural. Una bestia habita en cada hombre y mi propósito consiste en desenmascararla. La propuesta tiene buena acogida en los centros educativos; entre los muchachos despierta enconado debate, enfados, malestar, irritación, rechazo e incluso violencia. Los profesores varones suelen ausentarse. No se enteran de nada: ¡la bestia convive en ellos! Así que expanden a diario su sombra, el rugido y la furia. Docentes tóxicos pues aportan un mal referente. La lista es muy extensa y en algún momento se hará pública, ¿verdad? El silencio nos hace cómplices. La (co)educación se practica desde la trinchera y la barricada. 

Me gustaría comentarles un dato inusual. Se da la circunstancia de que trabajé durante dos cursos en este IES mencionado. El día del taller nadie se enfadó. ¿Y las quejas, lamentos, revanchas usuales? Escucharon el discurso, debatieron, preguntaron. Llegaron cariñosos saludos de antiguo alumnado, algún agradecimiento y una charla distendida. ¿Y eso? ¿A qué se debe la ausencia de enojo? Descartadas hipótesis como que sea un gen propio de la zona o el consumo de agua potable, se me ocurre la posibilidad de un cierto «hábito coeducativo», es decir, «prácticas pedagógicas cotidianas con perspectiva de género». Si un centro educativo coeduca, si cada docente ejercita pedagogías feministas, si incorporamos cápsulas de igualdad entre todas y todos… El resultado a medio plazo será la buena digestión por parte del alumnado de contenidos coeducativos que desafíen sus estructuras cognitivas, emocionales y morales moldeadas desde el patriarcado. A diario encuentro resistencias en el aula, ¡son normales! ¡Me encantan mis chicas y chicos del IES Jaume II el Just de Tavernes de la Valldigna! ¡Son víctimas de un sistema capitalista y patriarcal! ¿Cómo no van a tener reticencias? La barbarie patriarcal se nutre de espacios sin coeducación, en esos centros con claustros ciegos sin gafas violeta, indiferentes a las violencias machistas, en quienes se obsesionan por currículos y reniegan de la ética radical de cada docente, a saber: coeducar, transformar el mundo, revolucionarlo y preparar una ciudadanía feminista, crítica, anticapitalista. 

(Co)educar es revolucionario. Si hubiera mayor activismo feminista en el aula, si contáramos con varones cómplices e implicados en un sistema coeducativo -pues, malogradamente, son bien pocos-  a buen seguro que obtendríamos resultados beneficiosos en no muy largo plazo. Soy un simple profesor interino, no tengo ni una plaza fija, aunque tengo la suerte de dedicarme a algo muy valioso: practicar en el aula la revolución. La de importunar al alumnado para que piense por sí mismo. La de cuestionar los privilegios de los chicos. La de firmar acta con los nombres de quienes no se pringan en la forja de un mundo en igualdad. La de señalar las malas prácticas docentes. La de denunciar la ausencia de referentes femeninos. La revolución de indignarse a diario en un aula porque la sumisión, el pasotismo y la indiferencia son estilos pasivos de violencia. La educación será feminista, anticapitalista y revolucionaria o no será.

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