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Lejanías, cercanías

La normalidad, ni vieja ni nueva, se da paso en septiembre. La de siempre: el capitalismo que nos aboca a la precariedad. La clase obrera regresa a su precariado laboral y esto supone, qué remedio, entregarse al transporte público. No sé si lo saben pero mucha gente, la inmensa mayoría, no dispone de chófer. Así que toca tirar de autobús, metro y tren para las distancias medias. Para las cortas, mejor bicicleta o patinete, transporte demonizado por la derecha, muy dada a okupar el espacio público, contaminándolo a su paso. La sociedad se divide en dos clases sociales: el pringado dependiente de los trenes cercanías y quienes tiran de gasolina evitando compartir trayecto con la clase trabajadora.

Levante-EMV informaba recientemente de que Renfe suprimió el mismo día veintidós trenes cercanías. Un lunes, para ser más exactos. Este dato no debería pasar desapercibido. Lunes asqueroso, lunes de vuelta al curro, maldito lunes que nos recuerda la fragilidad de la existencia humana. El sábado y el domingo, si eres afortunado, olvidas tu condición precaria. Veintidós trenes suprimidos suponen llegar tarde a casa o a trabajar, poca gracia; sumar estrés, resignación, mala baba y furia a nuestro transitar vital. El AVE nunca se suprime, ni se retrasa, porque entiende de privilegios, de élites, de Manolos y Cayetanas. El señorito de cortijo y la  señora de pitiminí no pueden permitirse supresiones ni contratiempos. Estos contratiempos, en todo caso, para la plebe. Por eso decía que el capitalismo oprime al oprimido incluso en situaciones desapercibidas para el común de los mortales.

Lejanías y cercanías como metáfora. La clase media y baja sufre el abandono de las líneas de trenes de cercanías. La derecha opulenta potencia los AVE a costa del sudor de la ciudadanía explotada. Se encarna con su maltrato a las personas usuarias de las cortas y medias distancias. Se representa en el mimo a los AVE, transporte de negocios, placer y política. Viajar de Sueca a València ha sido siempre una odisea. No digamos de Alcoy a València, con sus tres tristes trenes diarios de cercanías a razón de dos horas el trayecto para poco más de 100 kilómetros. Si nadie se encarga de dignificar los lunes, el trayecto a nuestro curro, el uso de un transporte público disponible para todas y todos, no sólo para los ricos, nosotros, el pueblo llano, deberíamos solucionarlo recuperando las barricadas. Quizás deberíamos tomar las calles y la estación Joaquín Sorolla. Sabotear la salida de unos cuantos trenes de alta velocidad. Rompamos así la dicotomía entre lejanías y cercanías.

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