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Patriarcado Fallero

La filósofa Celia Amorós entiende el patriarcado como «un pacto entre varones interclasista, en el que se apropian del cuerpo de las mujeres, como propiedad privada». Tales alianzas patriarcales se dan en todas las esferas: centros educativos, instituciones públicas o privadas, fuerzas y cuerpos de seguridad, en la justicia o el ocio, por doquier… Las tradiciones culturales raramente se someten a crítica feminista y menos si se trata de las fallas, «Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad». También podríamos considerarlas «patriarcado cultural inmaterial» en tanto que legitiman el poder de los varones sobre las mujeres, reducidas a un ornamento floral. Exaltan su «belleza» y «delicadeza», disertan sobre protocolos cursis y vestimentas costosas. En los monumentos falleros abunda la cosificación de los cuerpos de mujeres, sexualizadas desde una representación y sátira tan profundamente machista como misógina. 

La noticia del joven varón convertido en primer «Fallero Mayor» en la historia de las fallas parece una simple anécdota en una tradición portentosamente sexista. Me agrada la idea y mis mejores deseos de futuro a Erik Lozano, estudiante del IES La Patacona y fallero de la Falla Plaça de la Regió de Catarroja. Su testimonio rompe la inercia patriarcal de la fiesta, condición necesaria –pero no suficiente– para reconstruir una tradición fallera que rompa con la desigualdad entre hombres y mujeres. Conseguir tal objetivo supone derrocar los estereotipos sexistas representados en la figura de la fallera y el fallero, así como en la propia estructura organizativa de cada comisión, los actos, pasacalles, canciones, etc. Si cabe la posibilidad de unas fallas igualitarias considero fundamental replantearse el mensaje que transmiten y la violencia patriarcal encarnada en su estructura. Para tal fin se debe apostar por una remodelación de su jerarquía de varones imponiendo criterios partidistas y darle participación directa a las mujeres, el sujeto político protagonista y afectado por este escenario indigno; desde el feminismo defendemos que «lo personal es político». Así sea. 

Tampoco estaría de más reivindicar la conciencia de clase. Nadie discutirá que ser «Fallera(o) Mayor» es un privilegio al alcance de unas pocas personas. El alto coste económico que supone semejante distinción recuerda que la lucha de clases siempre se mantiene en todos los espacios de la vida. El capital atraviesa espacios, cuerpos, organizaciones y comisiones falleras. No deja de ser curioso y significativo que las tradiciones culturales se adapten al sistema económico neoliberal pero en ningún momento a la inclusión de valores como la igualdad. El patriarcado trabaja arduamente para que sigamos mirando a otro lado. Como el capitalismo. Mientras tanto la noticia de un «Fallero Mayor» despierta rugidos entre los guardianes de las esencias falleras. A mí me gustaría que este fuera el primer paso para organizar una revolución en esa tradición tan machista que sería mucho más interesante, como ejemplar, si cultivase la igualdad entre hombres y mujeres.

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