El algoritmo del odio
Todas y todos tenemos en nuestro interior un algoritmo del odio. Escapar de su inquina, su malhumor y su violencia requiere entrenamiento, más todavía en las redes sociales, esfera de la bilis y lo putrefacto. La vida cotidiana goza de una mayor armonía, imbuida de gestos amorosos, miradas amables, respuestas conciliadoras. Por fortuna, esto permite hacer nuestra cotidianidad llevadera, pues, si conviviéramos con la misma cuota de odio expandido en la esfera virtual, difícilmente saldríamos a la calle. Pueden alarmarnos con mensajes catastrofistas como que las aulas devienen en infierno, o que los precios de la vivienda resultan inalcanzables para la mayoría de la clase trabajadora, o que estamos en el colapso de un capitalismo terminal. Todo es cierto y peor. Con todo, un hilo de esperanza, de inconformismo, de sororidad y de lucha activista nos permiten sobrevivir y forjar un mundo mejor cada día. O se intenta. Frente al odio y los discursos negacionistas habita una revolucionaria trinchera henchida de amoroso inconformismo. Ni el sufrimiento causado por un orden mundial demente nos impide levantarnos ilusionados en aquellas pequeñas cosas de la vida.
El odio feroz, en cambio, es el motor de las redes sociales. La gente se deja arrastrar por el algoritmo del odio interno y expande su peor versión sin pensar las consecuencias de la violencia ejercida, gratuitamente, contra otras personas. Hace unos días sufrió esa acrimonia mi querida Rosa Montero después de adjetivar a la escritora Elma Correa como «pobre» tras cancelarse la entrega del premio Biblioteca Breve a causa del temporal de viento. Montero se solidarizaba con su compañera por el fastidio que supone suspender una fiesta tan especial para la premiada. Acto seguido, su muro recibía un montón de furibundos ataques considerando inapropiado el cariñoso término «pobre». Puede que hubiera un malentendido cultural, a buen seguro, pero eso no justifica el tono airado, maledicente y los reproches a Rosa Montero, quien siempre escribe y se pronuncia con enorme respeto. Violencia digital, en fin, por mostrar tu apoyo y solidaridad a una compañera a la que se le aguó la fiesta.
El colmo del algoritmo odiador ocurrió a propósito de la actuación de Paloma San Basilio en el Benidorm Fest. De Paloma destacaría que es una mujer respetuosa, culta, serena, equilibrada, paciente, luchadora y amorosa. Nadie encontrará una sola nota de algún despropósito suyo. En su actuación cantó en riguroso directo, como siempre. Parece que el sonido no jugó a su favor si bien salió a escena con su luminosidad eterna, interpretando «La fiesta terminó» y «Juntos», regalándonos un rato de música, arte, diversión y emotividad. Las redes sociales se llenaron de mensajes ofensivos, algunos exigiendo su retirada de la canción, otros juzgando su cuerpo, sus años, su imagen. Todos repletos de odio, exabruptos, burlas, ofensas y repletos de violencia digital contra una artista que se limitó a cantar, algo que hace, por cierto, cinco décadas. Y con una maestría incuestionable. Pienso en la gratuidad de toda esa violencia a cambio de nada.
La sociedad degenera a causa del algoritmo del odio; si bien se expande en las redes, maltrata y violenta nuestra frágil vida cotidiana.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/02/20/algoritmo-odio-127027823.html




