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La nueva normalidad y yo (I)

Entenderse con la «nueva normalidad» es un asunto que me trae de cabeza. Llevo toda la vida adaptándome a la anterior, llamémosla  «vieja», «añeja» o «extinta». Quien esto firma la sentía amigable, si bien sabíamos, tanto ella como yo, que el nuestro era un matrimonio forzoso. El amor de muchas parejas se oxida con la rutina. Su relación funciona por inercia, como un reloj: tic, tac, tic, tac… Suena fúnebre, ¿verdad? También uno se habitúa a la muerte en vida. Se oxida el alma, el corazón y la esperanza. La otra realidad era muy lúgubre. ¿Qué importa? Con todo, era de la familia. La cotidianidad se asemeja a un cementerio, sin un ápice de alegría. El refugio de la podredumbre, la terraza del bar. Vivíamos en un mundo infeliz pero era nuestro mundo infeliz. 

Salgo resignado a la calle dispuesto a conocer esa «nueva normalidad». No sé cómo presentarme ante ella: la mascarilla y los guantes devienen profilácticos. Nadie se percata pero uso idéntica protección en la mente: guantes para tocar una realidad desconocida, mascarilla para prevenir esa extraña atmósfera inexplorada. Si quiero tomarle el pulso a esta difusa dimensión conviene adoptar una observación cautelosa. La gente ríe en los bares y brinda por el final del confinamiento. Parecen ignorar que muchas personas siguen confinadas en sus miserias, en su pobreza mental, en sus prejuicios, en su diminuto mapa emocional. ¿Y si son falsos confinados? Hacen como si fueran felices cuando se trata de autómatas avinagrados, actores en el gran mercado de las falsedades. Hay quien nace y muere confinado creyéndose un espíritu libre. Entiéndame, la libertad es un asunto demasiado laborioso e importante como para reducirla a libertad de birras o de movimiento. 

Una esquela llama mi atención. Hacía tiempo que desaparecieron del espacio público, curiosamente, cuando la muerte más hizo presencia en nuestra cotidianidad. Hemos contado cadáveres con tanta vertiginosidad que no hubo tiempo para obituarios, elegías ni rituales. Lo fúnebre aparece como un puente entre la normalidad de siempre y la ignota. El dilema, sumarse a la superficial algarabía de barra de bar o compungirse ante el estupor de tantas muertes. La nueva realidad renace de las cenizas y anticipa un futuro incierto, tenebroso, imprevisible, contradictorio, frágil. La «nueva normalidad» y yo seguimos sin entendernos. Si es un síntoma de salud o enfermedad, adaptación o rebeldía, sumisión o lucha, locura o cordura, ya lo dejo a juicio de cada lector y lectora. Seguiré indagando alrededor de esta misteriosa realidad. A fin de cuentas uno la explora para explorarse a sí mismo. ¿Para qué, si no?

https://www.levante-emv.com/opinion/2020/05/29/nueva-normalidad-i/2016182.html

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