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Falsos hijos

Soy un falso sociólogo —sin titulación, quiere decirse—, aunque cuente con estudios propios de trabajo de campo en la cafetería. Tres señoras de unos setenta años, sentadas junto a mí en la plaza donde suelo desayunar, despotrican crudamente de sus hijos varones. Por los detalles que van desgranando entre sorbos, calculo que los tres rebasan holgadamente la cuarentena, esa edad en la que la madurez debería ser algo más que una presunción biológica. Mis ensayos no publicados demuestran que, en algunos hijos, la adolescencia abarca desde los 14 a los 46 años.

La primera de ellas lamenta que el suyo solo la llame cuando necesita algo. «Estoy gilipollas», se fustiga ante las otras, con la indignación de quien por fin ha despertado de un largo letargo, y anuncia una firme decisión: «Ya no le llamo, a ver si se entera». Su tono desprende contundencia proverbial —signifique lo que signifique proverbial—.

Su compañera considera que su caso es todavía más sangrante: «Estoy en la sala de espera del médico y me llama Carlos, que nunca telefonea. Cuando descuelgo con el susto en el cuerpo, me pregunta cómo se llama el pescado que le compro». Ella le responde que salmón, pero el vástago insiste, impaciente y con tono de regañina: «Ese no, el blanco, el blanco…». «Pues entonces se llama pescadilla», remata seca la madre, con resignación y enfado maternal. «¡Y lo peor —recalca compungida— es que ni me preguntó qué hacía en el médico!».

La última de las mujeres, encogiéndose de hombros, asegura que su situación se lleva la palma: «Llamé a mi hijo mayor, Mauro, porque me sentía sola. 'A mí no me gusta estar sola', le digo. Y me contesta que quién iba a raptarme, que eso no es un problema porque nadie iba a hacerlo». La señora se sentía ofendida por la respuesta de su hijo —hijo es un término muy sufrido, como ven—.

Sus comprensibles lamentos conducen a defender la figura del «falso hijo». La condición de hijo falso tiene otro nivel. Desde el análisis sociológico, el falso hijo es aquel que, aunque por destino biológico o genealógico desciende de su madre, incumple los mandatos propios de la naturaleza de tal. Estos tres adolescentes cuarentones confunden a sus madres con secretarias, asistentes o trabajadoras a jornada y existencia completa. Uno las llama si las necesita o le conviene. Y lo que les ocurra o no, sus subjetividades o penurias, apenas les importan porque, aun habiéndolos parido, la mirada de ellos a sus madres no es de hijo, sino de propietario. Lástima de madres verdaderas que desconocen que sus hijos no lo son; son otra cosa: son falsos hijos.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/07/10/falsos-hijos-132287342.html


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