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Marketing educativo, ¿para qué?

No sabría determinar el momento exacto en que la escuela decidió convertirse en un objeto de consumo y exclusividad, una marca prestigiosa. Como tallerista, conozco decenas de centros y constato que cada colegio o instituto de Secundaria contiene rasgos particulares, diferentes y únicos. Cada espacio cuenta con un sello propio que lo singulariza. Por fortuna, disponemos de millares de centros formidables —siempre mejorables—, lo que demuestra la imposibilidad de medir la práctica educativa bajo un rasero cuantitativo. Ante esta dispersión interesada, considero que debería obligarse a las familias a matricular a sus hijos en el centro de su barrio. Suena a medida impopular, pero ¿qué derecho asiste a un padre o a una madre para fabricar un destino educativo a la carta para su descendencia? Esta norma se aplicaría a toda clase social: el Estado no debe tolerar la segregación ni la existencia de centros de primera y de segunda, dinámicas alimentadas por la hipócrita «libertad de elección». Los guetos y los suburbios pedagógicos se multiplican cuando la escolarización se moviliza al antojo del poder adquisitivo o la preferencia ideológica. Tu centro debe ser el de proximidad, sin excepciones.

En sintonía contraria —y movidos por una inercia mercantilista cada vez menos inconsciente—, los centros concluyen el curso promocionando éxitos, conquistas y bondades. El culmen de esta deriva se produce con la exposición pública de los resultados de la PAU: porcentajes de aprobados, medias académicas elevadas y triunfos individuales. Luego, la prensa amplifica el eco de la mejor nota de corte de la comarca, provincia, autonomía o el planeta. A mi juicio, cualquier éxito, al igual que cualquier fracaso, constituye el resultado de múltiples factores; ningún hecho social complejo puede explicarse desde un único parámetro. Como consecuencia directa de este marketing absurdo, nos encontramos con una inusual e innecesaria presión en Bachillerato, un malestar profundo que se traslada a las familias, a la sociedad y al propio profesorado. Imparto Historia de la Filosofía en segundo de Bachillerato desde el año 2007 y sé bien que los resultados del alumnado son multicausales. Si les va bien, suerte la suya; si les va mal, bienvenido sea el aprendizaje que ofrece el error, la derrota o la contingencia.

Lamento este énfasis institucional en publicitar el rendimiento numérico en un contexto histórico y social deshumanizado que camina a la deriva. Frente a esta lógica contable, bien podríamos difundir qué colegios e institutos sobresalen en el mapa de la igualdad real entre chicos y chicas; cuáles combaten con mayor ahínco las desigualdades de clase, o cuáles logran que el alumnado más vulnerable alcance metas inimaginables. Sería un indicador centrado, en definitiva, en el grado de dignidad y bienestar de la comunidad educativa. Pero eso, miren por dónde, no cotiza en una escuela neoliberal volcada en el mercado y no en las personas.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/06/26/marketing-educativo-131798594.html


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