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Vidas disociadas
Las madres suelen deslizar intuiciones filosóficas que nos pasan inadvertidas. Una de ellas, «hacer el cambio de armario», designa la maniobra doméstica de retirar las prendas de una temporada y disponer las que exige la siguiente. A simple vista, parece más sencillo ordenar las baldas que la cabeza, aunque intuyo que entre ambos espacios no existe tal disociación. En el estío todo se vuelve ligero, casi descuidado; el invierno, en cambio, nos repliega bajo sucesivas capas de tejido para protegernos del frío. Cabe preguntarse si mudar de ropa es solo una respuesta mecánica al calendario o si encierra, en realidad, una metafísica cotidiana: la sospecha de que cambiamos de piel…
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El amor como anomalía
El placer de perderse cosas, conocido como JOMO —y al que urge buscarle un término en castellano—, hipertrofia mi impulso natural por formularme preguntas incómodas. Un antiguo compañero será padre en breve y me pregunto si la gente calcula con detenimiento la magnitud de tal trance, por no hablar de la maternidad. Cioran, uno de mis autores de cabecera, cuenta que un amigo lo llamó para darle la «feliz» noticia de su reciente paternidad. El filósofo, perplejo ante semejante júbilo, le espetó: «¿Te has planteado si tu hijo será el día de mañana un asesino?». Desde entonces, Cioran nunca más volvió a saber de él. Imposible no recordar aquí a…
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Eclipsado por la anormalidad
En las últimas semanas, la normalidad, especialista en imponer su propia agenda, ha hipertrofiado el interés por el eclipse solar del pasado 12 de agosto. Como a la masa le aterra la anormalidad —ese territorio que a unos pocos nos resulta cómodo y hospitalario—, los planes para «disfrutar» del evento se han disparado hasta el paroxismo. Tanto es así que las autoridades —ese ente difuso que nunca sé bien dónde empieza ni dónde acaba— han alertado del riesgo de colapso. La vida, al igual que el cuerpo, padece sus propias parálisis y tiene sus propios colapsos. Si millones de razonables personas conducen, acampan y paralizan la red viaria para atestiguar…
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Pienso o rebuzno a la contra
La inspiración es el resultado fortuito de un entrenamiento. Una columna —lo mismo que un ensayo, un lienzo o un marco conceptual— no cae del cielo: emerge únicamente cuando te rindes a la disciplina de suponer, imaginar, formular, anotar, tachar y reescribir. Contemplo con alivio mi propia adolescencia a salvo de la intoxicación digital. Ante la precariedad de estímulos de mi entorno, me vi empujado a buscar referentes en el ecosistema analógico de la prensa. A esa saludable carencia le debo el hallazgo temprano de las columnas de Rosa Montero y Juan José Millás, a cuyas firmas permanezco fiel más de dos décadas después. Todas las personas somos atravesadas por…
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Espí 1 – Profesor 0
Siempre pregunto a mis alumnos cómo se imaginan de adultos. No lo hago por curiosidad pedagógica ni como una estratagema motivacional para espolear su interés por el estudio —empresa vana salvo que cotices como influencer—, sino como un método de diagnóstico de su propio delirio. Sus respuestas me permiten calibrar la escala de su enajenación. Hace años, un tal Salva Ferrandis me dijo sin pestañear que su meta era convertirse en «Papa». Alcanzar el estatus de Santo Padre encaja a la perfección con la tiranía del «yo» desorbitado: concentra poder, jerarquía e infalibilidad. El jovencito acabó estudiando Farmacia por mandato familiar, pero, cumplida la obligación con sus progenitores, cursó Teología…













