Meditaciones bajo la sombrilla
Veraneo por inercia en la playa de Cullera, un espacio por el que no siento el menor apego turístico. Puesto que el verano relaja la gravedad de las cosas, confesaré que me dejo arrastrar por mi amiga Karmele Marchante, quien, como buena tortosina afincada en Madrid, goza de la terraza del apartamento y la contemplación del horizonte azul. Ocurre una paradoja: mientras a ella la inspira el mar, a mí me estimula el hormiguero humano. Desde una cama balinesa diviso miles de figuras minúsculas apretadas, codo con codo, disputándose la primera línea de playa. Tengo el proyecto de redactar un tratado de periodismo filosófico estival; estoy convencido de que en esa masa laten historias con peso ontológico. Pienso, sin ir más lejos, en esos abuelos que a las ocho de la mañana clavan la sombrilla para reservar el feudo familiar. Me inquieta por qué el reclutamiento recae siempre en el anciano y jamás en la abuela, el adolescente o el primo de Albacete. Esa colonización previa del litoral esconde una sospechosa forma de servidumbre edadista. Que se estudie.
Un fenómeno fascinante de la multitud litoral es la repentina abolición de las clases sociales. Uno puede achicharrarse sobre la arena a medio metro del ministro del Interior o de un magnate del ladrillo sin que nada delate el rango del vecino de toalla. Se pueden exhibir gafas de firma o el bañador más cotizado del verano, pero el artificio sucumbe ante la gran democratización del sudor y el inevitable deterioro de la anatomía. La transpiración es una obra cumbre de la naturaleza: un disolvente orgánico que iguala la condición humana. Por eso me atrae examinar la playa desde mi atalaya, como un biólogo frente al microscopio. Es un mirador privilegiado que, sin pisar la arena, le permite a un falso sociólogo como yo cartografiar geografías cotidianas que la sociología académica jamás se ha atrevido a estudiar.
Pienso, además, en la colosal fuerza de voluntad de esta masa de subjetividades. Repetir los mismos rituales jornada tras jornada exige una constancia digna de análisis. El abuelo ancla de madrugada la sombrilla, desembarca la estirpe familiar, se suceden el chapuzón, la insolación y el bocata de calamares; y así, en bucle, de lunes a domingo. Toda una muestra de resistencia biológica que ningún alpinista de élite ha acreditado en la historia humana. Me pregunto qué ocurriría si, emulando a Italia, se prohibiese la sombrilla entre los diez y los sesenta y cinco años: esa franja poblacional terminaría achicharrada como una morcilla a la brasa. Son disquisiciones que me inquietan y que confío en investigar a fondo. El adjetivo que mejor se amolda al verano es «vulgar», lo cual supone una bendición para quienes pretendemos redactar un extenso manual de periodismo filosófico sobre lo mundano.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/09/04/meditaciones-sombrilla-133906301.html




