Vidas disociadas
Las madres suelen deslizar intuiciones filosóficas que nos pasan inadvertidas. Una de ellas, «hacer el cambio de armario», designa la maniobra doméstica de retirar las prendas de una temporada y disponer las que exige la siguiente. A simple vista, parece más sencillo ordenar las baldas que la cabeza, aunque intuyo que entre ambos espacios no existe tal disociación. En el estío todo se vuelve ligero, casi descuidado; el invierno, en cambio, nos repliega bajo sucesivas capas de tejido para protegernos del frío. Cabe preguntarse si mudar de ropa es solo una respuesta mecánica al calendario o si encierra, en realidad, una metafísica cotidiana: la sospecha de que cambiamos de piel para convertirnos en otra persona. Sospecho que la ropa que habitamos, siguiendo una extraña telequinesia, modifica nuestra conducta y, por ende, la identidad íntima de quien la viste.
Algunas prendas moldean el pensamiento. Es el caso de la corbata, a la que dediqué hace bastantes años una columna en estas páginas. Advertía entonces de la sospecha que me suscitan los hombres de traje, individuos que a pecho descubierto pueden ser magníficos, pero que con el ornamento mutan en figuras tan temibles como el banquero, el político o el ejecutivo. Un inspector de Educación me confesó que se había sentido incómodo con aquel texto, circunstancia que sella un justo empate, pues a mí también me perturba la figura del inspector. Conjeturo todo esto asomado a la terraza de mi apartamento en Cullera, al constatar que ninguno de los veraneantes que observo la lleva para tomar el sol ni para cenar en el paseo. Aquel otro yo, el del nudo al cuello, parecía más respetable a tenor de la desnuda vulgaridad que uno descubre en los chiringuitos de la costa. Me pregunto si su condición se transforma de golpe en el instante preciso en que ajustan la seda frente al espejo, dispuestos a fingir respetabilidad y cumplir con su jornada laboral.
Todo adquiere una serena vulgaridad en verano. La indumentaria y el pensamiento se aflojan al mismo compás que los cuerpos que los habitan. Llega uno a plantearse si la ideología no guardará una secreta correspondencia con las prendas que vestimos. El estío se revela así como una estación huérfana de ideas complejas: niños vociferando a deshora, multitudes sudorosas arrimadas en la orilla, tipos comiendo mejillones a torso descubierto y caras de disgusto aguardando turno en el quiosco de prensa diaria. Yo mismo, entregado al ejercicio del sociólogo intermitente, cazo al vuelo conversaciones ajenas que delatan una alarmante indigencia conceptual. En invierno, en cambio, la gravedad del abrigo parece propiciar tratados filosóficos de altura. Por ahora todo permanece en la penumbra, salvo una certeza: habitamos vidas, al igual que armarios, irremediablemente disociadas.
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