El amor como anomalía
El placer de perderse cosas, conocido como JOMO —y al que urge buscarle un término en castellano—, hipertrofia mi impulso natural por formularme preguntas incómodas. Un antiguo compañero será padre en breve y me pregunto si la gente calcula con detenimiento la magnitud de tal trance, por no hablar de la maternidad. Cioran, uno de mis autores de cabecera, cuenta que un amigo lo llamó para darle la «feliz» noticia de su reciente paternidad. El filósofo, perplejo ante semejante júbilo, le espetó: «¿Te has planteado si tu hijo será el día de mañana un asesino?». Desde entonces, Cioran nunca más volvió a saber de él. Imposible no recordar aquí a Nietzsche cuando advertía: «Siempre se ha pagado caro el ser intempestivo. No encajar en el propio tiempo es la condición de todo aquel que busca ver más lejos».
El aforismo nietzscheano advierte que quien ve con excesiva agudeza termina por no encajar en parte alguna. Sospecho, pues, que ciertas instituciones humanas solo prosperan porque preferimos no examinarlas. Exponerlas a la luz, debatirlas o cuestionarlas convierte al observador en un paria; de ahí la conveniencia del disimulo. Yo mismo, en la sala de profesores, finjo atención ante la conversación cotidiana, aunque me aburran hasta la apatía esos monólogos reiterativos sobre las primeras tentativas del lactante, el debut escolar o el carácter indómito del hijo adolescente. Hay verdades que resulta improcedente pronunciar, e imagino que consignarlas por escrito entraña parecida temeridad. Tengo la certeza de que una amplia mayoría de progenitores, de serles dada la facultad de desandar el tiempo, renunciaría a la experiencia. Pues criar, cuidar y posponer indefinidamente la libertad individual constituye un tributo de tal magnitud que ninguna inteligencia lúcida aceptaría costear. Sucede, sin embargo, que para ejercer tal perspicacia hace falta, en primer lugar, la valentía de mirar.
Todos estos disparates —cuidar de la descendencia, adaptar la libertad propia a sus caprichos, cargar con una pesada mochila generacional e hipotecar la biografía con un futuro incierto— se sostienen por la mediación de un fenómeno profundamente anómalo: el amor. Mucho se ha escrito sobre este invento ancestral, pero el amor, en esencia, es un pringoso pegamento que une a las personas bajo la servidumbre familiar, el de la pareja o el del matrimonio, que es sensiblemente peor. No pretendo prescribir a nadie la norma de su conducta, porque cada cual sobrevive a la realidad como puede y la pareja o los hijos, supongo, amortiguan el trauma; sin embargo, si se me permite la licencia, un servidor prefiere ejercitar la facultad de mirar más lejos. Aun cuando ello conlleve la condena de no encajar en parte alguna.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/08/19/amor-anomalia-133436626.html




