Biografía fúnebre
Mi código moral me prohíbe cualquier trato con los bancos y otras instituciones de dudosa reputación, como la notaría o una agencia de viajes. El caso es que un SMS me rogaba acudir a mi oficina y, tras consultarlo con mis entrañas, me armé de valor. Al cruzar el umbral creí equivocarme de dirección. Aquel territorio de ventanillas blindadas donde antaño te atendía un empleado de carne y hueso parecía haberse desplazado a otra dimensión. Más que una sucursal crediticia, aquello recordaba a un tanatorio. Ya no quedaban cristales protectores, sino mobiliario de Ikea repartido en cubículos diáfanos y presidido por flores de plástico. Tras un mostrador remoto, un joven custodiaba el silencio. Uno vacilaba si preguntarle por la sala de un difunto imaginario o por la empleada que me había convocado a ese tétrico recinto. Había gente, sí, aunque flotaba la duda de si se trataba de seres vivos o de almas en pena deambulando por el purgatorio financiero.
Comprobé que me pierdo demasiadas cosas en la vida, como el momento exacto en que los bancos metamorfosearon en funerarias. Un efecto similar al de los institutos de Secundaria que, según me pilla el día, se transforman en cárceles o en guarderías. Todo se «funebriza», incluso la existencia. Edificios, parques, supermercados, qué más da; su estructura y fisiología son puramente tanatorias. El silencio es un rasgo indisociable de los lugares moribundos. Sentí pánico ante el silencio de aquel banco —o tanatorio—. Se trataba de un mutismo incómodo, torpe, seco, de esos que uno trataría de romper con un carraspeo. El muchacho del mostrador remoto se dirigía a mí en un susurro, con el respeto debido a un espacio donde se despide a un ser querido. Le respondí en tono sumiso para preguntarle por su compañera, y me invitó a sentarme en una mesita redonda coronada por un bote de caramelos. La última vez que había visto uno idéntico fue velando a un difunto, circunstancia que me desconcertó sobremanera.
Esperaba a su compañera —viva o muerta, quién sabe— y sentí un fuego interior que me animaba a colocar un libro sobre la mesa. Por un momento, el banco-tanatorio adquirió un aire de biblioteca. Pero no había ni un solo volumen a la vista; una escena dantesca, pues se manifestaba una especie de biblioteca sin libros ni lectores, es decir, extinta. Desprovista de letras, aquello era perfectamente la funeraria en la que me encontraba. Como la empleada tardaba y mis fantasmas se acrecentaban, me marché aterrado directo a un tanatorio real para comprobar si allí, al fin, había un cajero automático del que sacar dinero. Nada más entrar descubrí que seguía en la misma dimensión. La biblioteca, el banco, la funeraria o el instituto me recuerdan que la mía —no sé si la de ustedes— es una vida fúnebre.
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