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Un mundo precario

El mundo se desmorona por los flancos previstos y por los imprevistos. Caen los sistemas informáticos, las vías del tren, las certezas materiales y, por inercia, se desploman el ánimo, el entusiasmo y la paciencia. Si la cotización bursátil dependiera del dolor acumulado, la palabra «precariedad» rompería todos los techos de la bolsa. Docentes, sanitarios, maquinistas y, en general, cualquier prójimo —incluso usted, que lee esto con el café tibio— arrastran la convicción de que su biografía ha sido atravesada por el precariado, esa condición moral y física que desarticula la existencia hasta dejarla en el chasis. Las huelgas intentan ponerle una pancarta a la intemperie, pero el malestar es tan hondo que la ciudadanía, resignada a sufrir el colapso cotidiano, apenas acierta a manifestar su naufragio.

La derecha —descafeinada, con sacarina o rancia— capitaliza el dolor ajeno con la naturalidad de quien asiste a un festín de carroña, pues de la desgracia humana siempre extrae un jugoso rédito político o económico. Pero lo cierto es que esta asfixia cotidiana, este ahogo constante en el trabajo y en los desplazamientos, delata la urgencia inaplazable de un modelo basado en el apoyo mutuo. Un nuevo orden, en definitiva, donde importe la vida y no el capital. Una existencia que cuide, que sintonice con la naturaleza y que rechace la explotación de cuerpos y materias primas. Semejante propósito, huelga decirlo, resulta insoportablemente impertinente para los de arriba, para esa clase dominante que lo acapara todo y jamás entrega ni las gracias. Los de derechas ignoran e incluso desprecian semejante precariedad porque se desplazan en vehículos de alta gama y celebran banquetes cotidianos; podrán agitarse en sus despachos, pero su existencia transcurre blindada, dulcificada por unas cuentas corrientes que empequeñecen su escasa estatura moral.

El dolor colectivo es infinito. Tanto como la conciencia de que nada cambiará. Porque, pasados unos días, el mundo retomará su marcha acelerada, indiferente a nuestras miserias y ajeno a los pequeños naufragios cotidianos. Ese currante que madruga para atrapar un tren impuntual; el docente ahogado en burocracia y privado de tiempo para su alumnado; la médica que dispone de cuatro minutos para auscultar un cuerpo; la cuidadora cuyo sueldo apenas paga el alquiler; la pareja de jóvenes desesperada por hallar un nido. El mundo precario nos atraviesa y deja un dolor incrustado en la piel, en el alma… Si acaso la hubiera.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/11/07/mundo-precario-136151934.html


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