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El ministerio de la empanadilla

Un triste señor asevera en una entrevista que se autodefine feminista porque se ha criado rodeado de mujeres —lo de señor es un decir—. Desconocemos si espetó semejante dislate bajo los efectos de alguna sustancia, lo cual jugaría de pleno a su favor. Siguiendo su delirio mental, el sujeto —lo de sujeto es un decir— prosiguió asegurando que si gobierna algún día absorberá el Ministerio de Igualdad en otra cartera, pues, a sabiendas de las mujeres que nos rodean en la familia, sus funciones devienen en una pura quimera. Todo esto no tendría mayor relevancia si lo dijera un alumno de FP Básica, pero el problema es que tamaña vulgaridad ha sido pronunciada por un tipo erigido en líder de un partido político de derechas —lo de líder es un decir—.

Ignorando si sus palabras responden a un brote de incontinencia verbal o pirotecnia mental, el hombre que confundió el país con un estercolero afirmó que, de alcanzar el gobierno, se plantearía si una chica de dieciséis años puede abortar sin la conformidad de sus progenitores. Y con una rotundidad insólita sentó cátedra: «que ninguna niña aborte por problemas económicos». Nada dijo sobre si el Estado que sueña dirigir le proporcionará techo, sustento y cuanto precise la criatura, pero eso importa poco en un individuo que delira más que respira. El suyo es un magnífico ejemplo de perversión lingüística, pues, sin decir nada, lo dice todo. Esa es la extraña propiedad de las palabras: uno las articula y hablan por él aunque pretenda sostener lo contrario. Este ser delirante, que finge creerse feminista, escupe ocurrencias inconexas y fía su sentido a la inteligencia de quien las escuche. De modo que estamos ante un político —lo de político es un decir— capaz de sostener una cosa y su opuesta en función de la salud mental de quien lo escuche. Se le perdonaría bajo la coartada de un trance pasajero, suponemos, pero lo alarmante es que hay quien no solo cree comprenderlo, sino que podría votarlo sin necesidad de sustancias.

Como de toda la vida he padecido terror a los fantasmas, busco refugio en un ensayo de Celia Amorós, aunque uno no precisa doctorarse en feminismo habiéndose criado entre madre, cinco tías y dos abuelas. Comprendo, además, que mi Máster en Género e Igualdad es papel mojado para tal kamikaze neuronal. El estupor abre el apetito. Devoraría una empanadilla idéntica a la que puebla la sesera de este perturbado. Lo pavoroso no es la hipótesis de su gobierno, sino la certidumbre de que existan personas —lo de personas es un decir— dispuestas a votarlo y a alimentarse de su empanadilla mental en lugar de la que devoro mientras despacho esta columna.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/10/31/ministerio-empanadilla-135882975.html

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