Desencuentros
Barcelona acogió ayer el primer encuentro social para personas altas (hombres ≥ 1,82 m, mujeres ≥ 1,70 m). El evento, con entradas a 15 euros y un aforo limitado a 120 personas, ha agotado localidades, obligando a su organizador, Eloi Rodríguez, a programar ediciones adicionales en Madrid (15 de octubre) y Lisboa (22 de octubre). La genial ocurrencia germinó a partir de la queja de una amiga sobre la escasez de varones altos en el entorno urbano. Juntarlos en un mismo espacio les permitirá conocerse, quién sabe si ligar, y algo fundamental: sentirse menos altos u observados dentro de una burbuja provisional, artificial pero cargada de sentido. Me deslumbran iniciativas de esta especie; tanto es así que, de medir unos centímetros más, me sumaría a este cónclave de estaturas elevadas para comprobar si la verdadera altura consiste en dejar de mirar al suelo o en pagar quince euros para que el mundo, por fin, encaje en nuestra medida.
Yo mismo pagaría —e incluso promovería— un acto que me permitiera sentirme menos raro. Quienes me siguen habitualmente conocen de sobra mi fobia a la sociedad, a los viajes, al verano y al mundo en general. La soledad y el refugio del hogar me devuelven la extraña ilusión de la normalidad. Así que vendría bien convocar a una legión de raros para que pudiéramos sentirnos, por una vez, gente corriente. Uno podría expresar alegremente, sin miedo al juicio ajeno, que le gusta trabajar e incluso autoexplotarse, pero que no soporta esas largas y estériles vacaciones estivales en las que uno no sabe qué hacer con su propia anormalidad. Porque la gente común viaja, se baña en el mar o en la piscina y cena con las amistades; y a estos sujetos, desde luego, se les debería prohibir la entrada a nuestro cónclave de inadaptados, porque ya va siendo hora de reclamar un espacio donde compartir nuestra respetable marginalidad sin que nos miren espantados.
A este evento también podrían acudir quienes jamás celebraron su cumpleaños. El mío fue el pasado 22 de septiembre —confesarlo en este escaparate público me produce una leve incomodidad—. Nunca lo celebro ni lo recuerdo, y apenas recojo un par de mensajes de cortesía; este año, cuatro (nunca de mi madre, por cierto). Tampoco he recibido obsequios, ni siquiera uno comprado a mí mismo a modo de caritativo rescate. A la mayoría le entusiasma festejar semejantes trivialidades —a uno le cuesta celebrar la existencia cuando se siente atrapado en una realidad tan delirante— y puedo llegar a comprenderlo si me aplico con generosidad. Pero sé de quienes aborrecen que los feliciten, como ocurre con mi amiga Karmele Marchante, a quien este año sorprendieron soplando las velas a traición en el plató de De viernes. A ella sí la espero en nuestro cónclave. Porque los raros tenemos derecho a exiliar la rareza y, como supervivientes cotidianos de los peores desencuentros, merecemos, por una sola vez, fundar un genuino encuentro de inadaptados.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/10/03/desencuentros-134877066.html




