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    Biografía fúnebre

    Mi código moral me prohíbe cualquier trato con los bancos y otras instituciones de dudosa reputación, como la notaría o una agencia de viajes. El caso es que un SMS me rogaba acudir a mi oficina y, tras consultarlo con mis entrañas, me armé de valor. Al cruzar el umbral creí equivocarme de dirección. Aquel territorio de ventanillas blindadas donde antaño te atendía un empleado de carne y hueso parecía haberse desplazado a otra dimensión. Más que una sucursal crediticia, aquello recordaba a un tanatorio. Ya no quedaban cristales protectores, sino mobiliario de Ikea repartido en cubículos diáfanos y presidido por flores de plástico. Tras un mostrador remoto, un joven…

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    Leer es cosa de raros

    El último informe PISA se ha limitado a constatar lo evidente, como si necesitáramos arqueología estadística para certificar que el libro se ha convertido en un artefacto subversivo y peligroso. La juventud, a fin de cuentas, no hace otra cosa que imitarnos: prefiere la mansedumbre dócil del teléfono móvil. Ese rectángulo luminoso dispensa dopamina a borbotones, entra por los ojos sin pedir permiso y no exige más esfuerzo que el de un pulgar narcotizado. Volver las páginas de un libro, en cambio, implica un sospechoso ejercicio de fricción física y mental. Soportar el ritmo de unas líneas que trafican con sustancias tan inestables como el temor, la intriga, la fantasía…

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    Sostener la mirada

    Pertenezco a esa clase de individuos que celebran el año nuevo en septiembre y no en Navidad. Para mí, el inicio de curso inaugura un orden moral que no depende del calendario, sino de un gesto mínimo: el instante en que un alumno levanta la cabeza del pupitre y busca una confirmación en los ojos de quien está al frente. Hoy, cuando la identidad se disuelve ensimismada en las pantallas, esa mirada intenta comprobar si su presencia física en el aula es real o constituye un simple trámite del decorado. Siempre ha sido así. Del colegio apenas recuerdo los contenidos teóricos, pero conservo intacta la memoria de aquellos profesores que…

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    Meditaciones bajo la sombrilla

    Veraneo por inercia en la playa de Cullera, un espacio por el que no siento el menor apego turístico. Puesto que el verano relaja la gravedad de las cosas, confesaré que me dejo arrastrar por mi amiga Karmele Marchante, quien, como buena tortosina afincada en Madrid, goza de la terraza del apartamento y la contemplación del horizonte azul. Ocurre una paradoja: mientras a ella la inspira el mar, a mí me estimula el hormiguero humano. Desde una cama balinesa diviso miles de figuras minúsculas apretadas, codo con codo, disputándose la primera línea de playa. Tengo el proyecto de redactar un tratado de periodismo filosófico estival; estoy convencido de que en…