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El pan nuestro de cada día

Recuerdo que, de niño, mi madre compraba el pan a diario. Por entonces, cada casa guardaba una bolsa de tela. A menudo iba yo a recogerlo, pues, entre los contados méritos que uno atesora como hijo, figura la inquebrantable costumbre de madrugar. Hoy los hornos de barrio languidecen, pero es más difícil aún hallar familias que acudan a buscar el sustento con su talega bajo el brazo. Un rito menor que atestigua el funeral de la vida lenta. Aquella compra —el saludo de la panadera, la charla previsible y hospitalaria— condensaba los contornos de una existencia donde la barra común, y la valenciana tradicional frente a la epidemia del cruasán, lubricaban el pulso diario de lo real. Ese ritual dotaba de sentido a la humanidad.

Algún domingo sigo comprando el pan a mis progenitores, aunque de aquel domingo antiguo solo quede la coartada en el calendario, devorado el tiempo lento por la voracidad capitalista. En la cola solo encuentras gente vieja que se aferra a un tiempo que agoniza pero no termina de morir. La bolsa de tela ha adquirido categoría de reliquia, si bien alguna persona nostálgica la luce como quien pasea un cadáver por el pueblo. Esta generación de supervivientes aferrada al sustento cotidiano, como quien acude a misa no por fe, sino por puro protocolo —que son la mayoría—, representa el mismo espíritu de resistencia que cualquier acampada de jóvenes en la Puerta del Sol. Cada uno combate la realidad según sus fuerzas: la generación senecta, entre achaques y con la talega en ristre; la juventud, enérgica y utópica, con su propio cuerpo. Pero la barra de pan común conecta a unos y otros porque, con veinte años o noventa, la inmensa mayoría de los mortales sueña con un futuro que recobre la dimensión humana, la vida digna y la posibilidad de llevarse un mendrugo a la boca bajo un techo seguro.

Recuperar la austera bolsa de tela supondría retomar las riendas de nuestra vida y que dejen de levantarnos de la cama el miedo, la ansiedad, el insomnio y la explotación laboral. Una barra de pan para cada persona abriría el paso al fin del hambre y la miseria. Y ambos objetos unidos, tan triviales, tan menesterosos, marcarían el inicio de una nueva era en la que renazca la posibilidad de darse un buenos días con la panadera, en el empleo o en la propia familia; una época en la que nos apropiamos de las horas y podamos reconocernos como sujetos que sujetan su destino y que no son sostenidos social, moral y clínicamente a base de psicofármacos. Nuestra vida no necesitaba somníferos en aquella realidad en la que habitaba el pan nuestro de cada día.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/10/23/pan-dia-135619115.html


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