¿Hay alguien ahí?
En los últimos días contacté telefónicamente con varios operadores para solicitar una cita médica, una consulta en un periódico nacional y una gestión con mi compañía telefónica. Todas las llamadas fueron atendidas por un robot, una inteligencia artificial o una voz enlatada —o por las tres criaturas a la vez, Dios me libre de averiguarlo—, y en cada una invertí un tiempo superior al de mi santa paciencia. Antes de marcar el uno, el dos o el tres, según el idioma colonial en el que uno prefiera desesperarse, te recuerdan sus exquisitas políticas de privacidad, no sea que vayas a robarles los datos mientras te succionan el ánimo. A continuación te exigen el número de expediente, el código postal o la fecha de nacimiento del abuelo, todo para descubrir que el sistema no reconoce tus datos. Pero uno no busca un algoritmo benévolo, sino una voz humana que atienda su cuita; al fin y al cabo, cuando alguien llama a un organismo que no sea un familiar o una amistad, persigue una solución a un problema estúpido que, sin embargo, exige urgente remedio.
La máquina, todo sea dicho, destila una cortesía artificiosa: «nos alegra atenderle» y «su llamada es importante para nosotros» son dos fórmulas tan habituales como inverosímiles; si de verdad les importara, me contestaría un prójimo, digo yo. ¿Y a quién puñetas le importa la llamada de un pobre a la par que desgraciado como quien esto firma? Me exaspera esa falsa cordialidad robotizada que, para colmo, contrasta con la ruda antipatía de la especie. Esa misma lógica del desamparo se traslada, cómo no, a los objetos domésticos: dígase lo mismo de la cisterna de mi baño, un año entero chorreando a la espera de un operario que repare el desperfecto. Cuando por fin logras dar con el fontanero, te toma el recado pero te abronca porque está saturado de faena y no da abasto. Así que, paradójicamente, cuando en el otro extremo de la línea asoma una voz de carne y hueso, profiere un chaparrón de acritud y amargura. El mundo moderno está tan desequilibrado como el mecanismo de mi cisterna: los robots se alegran digitalmente de atenderte y los técnicos despotrican simplemente por darles trabajo.
Uno recuerda cuando, en la infancia, el médico acudía a domicilio avisado por una madre que llamaba directamente al ambulatorio. En algún recodo del camino perdimos aquella proximidad que hoy, paradójicamente, las grabaciones corporativas simulan con descaro. Por eso solicito siempre la cita médica a través de la pantallita: como el facultativo ya no pisa el hogar, le respondo con la misma fría equidistancia —donde las dan las toman, que se entere el doctor Palomares—. Estamos empatados. Aunque, a decir verdad, cuando descuelga el teléfono ya resulta imposible discernir si habla un semejante o un autómata programado. Tal vez sea la consecuencia inevitable de un tiempo en el que uno ya no sabe si al otro lado de la línea, o al otro lado de la propia existencia, queda todavía alguien ahí.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/10/17/hay-alguien-135407293.html




