Leer es cosa de raros
El último informe PISA se ha limitado a constatar lo evidente, como si necesitáramos arqueología estadística para certificar que el libro se ha convertido en un artefacto subversivo y peligroso. La juventud, a fin de cuentas, no hace otra cosa que imitarnos: prefiere la mansedumbre dócil del teléfono móvil. Ese rectángulo luminoso dispensa dopamina a borbotones, entra por los ojos sin pedir permiso y no exige más esfuerzo que el de un pulgar narcotizado. Volver las páginas de un libro, en cambio, implica un sospechoso ejercicio de fricción física y mental. Soportar el ritmo de unas líneas que trafican con sustancias tan inestables como el temor, la intriga, la fantasía o la angustia requiere una calma de la que ya nos han desahuciado. Un adolescente actual tiene la agenda más apretada que la de un ministro en funciones, de modo que entablar amistad con un objeto tan refractario a la prisa resulta, poco menos, que un acto de alta costura espiritual.
Aceptemos que uno es, en parte, aquello que frecuenta en los libros y que abrir un volumen jamás farmea aura, prestigio o popularidad. Al contrario: si te refugias demasiado en las páginas, la sociedad acaba resultándote incomprensible y te aíslas, mientras que la juventud busca justo lo opuesto, un anclaje furioso a lo inmediato. Al fin y al cabo, esta práctica es cosa de raros porque se ejecuta inexorablemente en soledad. Supone mirar con los ojos de quien escribe, replegarse del bullicio y entregarse a un ejercicio radical de concentración donde resulta obligatorio guardar silencio para permitir que hable una voz ajena. Cada texto nos marca y nos reescribe, incluso cuando decidimos abandonarlo a las pocas líneas por puro aburrimiento —o asfixia existencial, quién sabe—.
Por si fuera poco, los mandarines de la cultura se empeñan en desprestigiar nuestras patologías porque se creen con derecho a dictarnos una hoja de ruta obligatoria. No sé si esta confesión comprometería mi titulación en Filosofía, pero este verano, junto a la relectura de mi maestro Juan José Millás, me he zambullido en la biografía de Encarna Sánchez y en las memorias de Rappel. Volver las páginas de un ensayo, de un cómic, del Hola o de este mismo periódico es un ejercicio de resistencia íntima y dignidad ética, digan lo que digan los guardianes de la fe literaria. La lectura es cosa de raros y esta es una especie en peligro de extinción, como el ejercicio revolucionario de leer.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/09/18/leer-cosa-raros-134385345.html




