Sostener la mirada
Pertenezco a esa clase de individuos que celebran el año nuevo en septiembre y no en Navidad. Para mí, el inicio de curso inaugura un orden moral que no depende del calendario, sino de un gesto mínimo: el instante en que un alumno levanta la cabeza del pupitre y busca una confirmación en los ojos de quien está al frente. Hoy, cuando la identidad se disuelve ensimismada en las pantallas, esa mirada intenta comprobar si su presencia física en el aula es real o constituye un simple trámite del decorado. Siempre ha sido así. Del colegio apenas recuerdo los contenidos teóricos, pero conservo intacta la memoria de aquellos profesores que validaron mi existencia —una existencia, por lo demás, repleta de rarezas— y que aprendieron a sostener mis vulnerabilidades al margen de rúbricas, medias aritméticas y otros artificios burocráticos.
Todo el malestar que se concentra en la fisiología del profesorado —en las cervicales contraídas frente al monitor, en el cansancio prematuro de su vocación— responde, en el fondo, a un conflicto estrictamente político. Pretendemos que el aula sea el último reducto frente a la intemperie del mercado: un territorio afable donde detener el tiempo, mirarse sin prisa y desobedecer la tiranía de la competencia salvaje para que cualquiera pueda construirse una identidad habitable. Pero esa aspiración naufraga si carece de soporte material. Necesitamos menos alumnado por aula, menos horas de nuestra propia vida sepultadas en el papeleo digital y, sobre todo, una tregua: el amparo de una sociedad que, azuzada a menudo por el ruido partidista, prefiere culpar a los docentes antes que asumir lo que de verdad cuesta enseñar a pensar, a defenderse de un entorno hostil y a preservar una pizca de cordura dentro de este engranaje delirante.
Me considero un superviviente del instituto. Jamás me interesó lo más mínimo, pero comprendí muy pronto que para sobrevivir a una realidad patológica era imprescindible aprender a disfrazarse de persona normal. Estudié Filosofía como quien aprende a falsificar pasaportes y logré instalarme en la condición de ciudadano discreto, sin levantar la sospecha de que por dentro continuaba mirando el mundo con una mezcla de extrañeza y fría indiferencia. Quizá por eso intuyo que la principal obligación ética del docente consiste en enseñar a su alumnado el difícil arte del disimulo: proporcionarles un escondite seguro para que la crueldad del sistema no los devore mientras averiguan quiénes son en verdad. De eso va, en el fondo, la huelga que asoma este curso en las aulas. No de trámites administrativos ni de quimeras, sino de elegir entre sostener una farsa insostenible o atreverse a sostener la mirada.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/09/11/sostener-mirada-134112008.html




