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Soy una anomalía, menos en Madrid

Soy una anomalía, una suerte de superviviente social. Contra todo pronóstico, he alcanzado cierto reconocimiento; un hito improbable para alguien que antepone la soledad a la multitud, que recela de la educación a pesar de ser su trinchera diaria, y que reivindica el no hacer frente al mandato productivo, aun siendo capaz de encadenar jornadas laborales de doce horas. La ventaja de significarse como anómalo es que lleva aparejada una carga de contradicciones que resultan mucho más llevaderas cuando tu esencia reposa sobre el delirio y el absurdo. A un individuo de esta naturaleza nadie le exige explicaciones ni principios inquebrantables; simplemente se le concede el privilegio de habitar la paradoja, el sinsentido y la incongruencia. En definitiva, me proclamo un anómalo dichoso y satisfecho. Por consiguiente, el imperativo de cambiar o mejorar no pasa por los contornos de mi desajustada cabeza.

Ocurre, sin embargo, que esa anomalía que me define, y de la cual me enorgullezco, acaba difuminándose entre las calles de Madrid. Basta un paseo por la Gran Vía para percibirme como un individuo abrumadoramente corriente ante el escaparate urbano: estéticas que dinamitan toda convención, viandantes que monologan en el vacío, cabelleras de tintes imposibles, parejas poliamorosas entrelazadas, borrachos enzarzados en disputas circulares, turistas defecando junto a un contenedor y barrenderos que, a las nueve de la noche, intentan purgar el caos a manguerazos. Madrid me pone muy difícil perseverar en la rareza, hasta el punto de que termino dudando de mi condición y planteándome si mi existencia entera no deviene un fracaso monumental. Allí donde todo el mundo es insólito, uno deja de serlo; se diluye esa categoría ontológica que vertebraba toda una biografía. Quizá sea por eso que la capital acompleja: te hace sentir un don nadie a pesar del empeño invertido en cultivar la propia excentricidad.

En el epicentro del exceso metropolitano, el disidente resulta ser el más normal de todos. En la misma Gran Vía donde pago una habitación a doscientos euros la noche, duermen personas al raso sobre un colchón, y termino dudando de si lo verdaderamente inaceptable es mi privilegio o su miseria. Probablemente, ambos extremos constituyan un delirio. El desconcierto roza límites insospechados porque en esa misma falla tectónica convive una legión de locuras. Solo así se explica, me temo, que en medio de semejante maremágnum uno pueda tropezarse con Massiel —de quien conservo intacta toda su discografía— o con Juan José Millás —autor admirado desde la adolescencia y del que colecciono ejemplares firmados—; referentes, ambos, a los que venero desde el refugio de una locura culta. Siempre me marcho vacío de Madrid. Todo en ella desconcierta, desborda, exaspera. Abandono su monstruoso delirio aferrado a una única certeza: sigo siendo una anomalía en cualquier lugar del mundo, menos en Madrid.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/07/17/anomalia-madrid-132511636.html


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