Se murió cuando pudo
El caso de nuestra mujer merece un estudio científico. La señora cuidaba de varios hijos enfermos y de un marido impedido a la vez que trabajaba a destajo para mantener a toda la familia. Su jornada laboral y de cuidados era interminable de lunes a domingo. Atrapada en el bucle de una biografía longeva, monótona y previsible, como si la precariedad se hubiera ensañado con ella, la susodicha descansó en paz un par de días después de enterrar al último miembro de su hogar. Contaba con 93 años y en el libro de su existencia palabras como vacaciones, descanso o aburrimiento eran una absoluta quimera. De cuerpo presente, en el sepelio, su vecina de siempre, Pronunciación —uno de esos nombres premonitorios— quiso dedicarle un elogio fúnebre, ese emotivo instante en que se destacan las virtudes, los honores y el legado de la difunta. Pronunciación pronunció una sentencia categórica: «Se murió cuando pudo».
Se murió cuando pudo, sin más. Un veredicto lapidario digno del mejor de los epitafios. Su semántica desconcierta, desubica, intriga. Si aquella mujer moría cuando pudo, significa que escapaba a la voluntad divina, a las leyes de la naturaleza y al orden mundano. Decidía marcharse tras «cumplir sus obligaciones». No es lo mismo fallecer después de saldar las tareas pendientes que tras culminar una misión. «Cumplir una misión» concentra un mensaje poderoso, enigmático, incluso institucional; es un cometido formal, imperativo, de alta responsabilidad. Las misiones se encargan a jefes de Estado, al ejército o a cuerpos diplomáticos. El deber, por el contrario, es un verbo cargante, farragoso, henchido de tedio. De alguna forma, los deberes legitiman la masacre que supone cargarse de tareas absurdas: las obligaciones del colegio, las jurídicas, las constitucionales, los compromisos tributarios… La vida es aquello que pasa entre imposición e imposición.
Nuestra desdichada nonagenaria decidió marcharse de este mundo finiquitado el sinfín de exigencias impuestas por una biografía difícil —si lo prefiere, sustituya «exigencias» por piedras, zancadillas o trabas—. Se murió cuando pudo, qué gran inscripción para tan poco aliento. Esta desdichada señora encarna como nadie la ética kantiana: se aferró al imperativo a diferencia del común de los mortales, que se aferra a la existencia. Cada cual se agarra a lo que puede, por lo que parece. Uno puede imaginar a la protagonista dialogando en el rellano:
—¿Qué tal todo, Maruja? —apelativo de ficción, como presupondrán; todos albergamos a una Maruja en la proximidad. —Nada, en unos días habré de morir, Pronunciación, pues ya he cumplido con todos mis deberes y ya son 93 años. No me queda nada por hacer.
Y se murió cuando pudo.
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