La normalización de la violencia sexual
Los cientos de talleres que imparto cada curso en centros educativos de Primaria y Secundaria me permiten afirmar, sin titubear, que en las etapas de la infancia y la adolescencia niños y niñas restan importancia a la violencia sexual recibida. Como ocurre con tantas criaturas víctimas de abuso sexual infantil (ASI), el acto de reconocerla, detectarla, identificarla y conceptualizarla —dotarla de realidad y sentido a través de la palabra— permite comprender una de las violencias más ocultas de nuestra sociedad. A la mayoría de menores, por su corta edad, incluso a los adolescentes, les cuesta identificar el contenido pornográfico como violencia sexual. ¿Cómo nombrar, describir o relatar —conceptualizar, recuerden— unas imágenes de violencia sexual recibidas en el teléfono cuando todavía se desconoce qué es el amor o el sexo? ¿Qué decir de esos vídeos pornográficos que circulan entre compañeros de clase cuando ninguno de esos chicos y chicas ha gozado aún en sus labios de un beso apasionado?
La mayoría de jóvenes normaliza la violencia sexual mucho antes del descubrimiento del propio cuerpo, del desarrollo de la empatía o de alcanzar una madurez mediana. Esto sucede como consecuencia de un silencio social alrededor de una violencia sexual expandida, principalmente, a través de internet. La respuesta es idéntica si se pregunta a las niñas cómo reaccionan ante la violencia sexual recibida: «borramos el vídeo o la foto», «bloqueo a quien la envía». A la pregunta sobre la motivación de su acción, contestan también de manera unilateral: «me da miedo que mi padre lo vea» —siempre mencionan el temor al progenitor—.
Pero, ¿quién detendrá la violencia sexual si la respuesta inmediata de niñas y adolescentes apunta meramente a jugar a que no se ha visto ni recibido? ¿Cómo alcanzarán a entender estas futuras mujeres y ciudadanas que las víctimas siempre son víctimas y que, en tanto que vulnerables, merecen nuestro apoyo y comprensión? ¿Quién hará tomar conciencia a los niños y jóvenes de la gravedad que supone difundir, compartir y consumir violencia sexual? Deben comprender que cometen un delito y no una mera «chiquillada».
Invisibilizar la violencia sexual —la pornografía, la prostitución o cualquiera de sus otras manifestaciones— dificulta erradicarla de una sociedad patriarcal que la legitima y difunde sin rubor alguno. Primero, porque no se puede comprender aquello que no se puede ver. En mis clases con alumnado de la ESO insisto en que visualicen conceptos tan complejos para la niñez como «patriarcado», «machismo» o «género». Si los ven a través de ejemplos o prácticas de la vida cotidiana, comprenden su significado. Mis alumnos logran entender que «el género es violencia» cuando detectan que se insulta a quien rompe estereotipos o cuando se desafían los mandatos patriarcales que imponen un modo de vida desigual para niños y niñas.
El camino para dejar de normalizar la violencia sexual en la infancia precisa de un compromiso ético capaz de relatar aquello que es violencia: su impacto, sus efectos y sus consecuencias. Es urgente la necesidad de denunciar y no restar importancia. Un camino en el que se proteja a la víctima y en el que el victimario sienta el rechazo social; que comprenda que la violencia sexual es inaceptable, más aún cuando se trata de menores de edad. Ese camino, a su vez, abrirá otros: como el tan necesario relato que visibiliza y denuncia la violencia sexual legitimada en películas, canciones, fiestas, rituales o videojuegos.
Romper ese silencio dará más voz a las víctimas y mayor capacidad de diálogo con sus familias y grupos de amistades. La culpa, la vergüenza y el miedo dejarán de atravesar su inocente cuerpo. Y la sociedad logrará que esos sentimientos se trasladen a quienes violentan y deshumanizan a niñas y jóvenes desprotegidas por un mundo demasiado benevolente que parece cómplice del victimario e indiferente a la víctima. Para superar esta ignominia, el primer paso es, sin duda, romper el silencio. Cuando se habla de violencia sexual, dejamos de normalizarla. Cuando se calla, se expande, se alimenta y se reproduce aprovechándose del miedo. Porque nombrar el horror no es sólo un acto de justicia, reparación y valentía; es la única forma de arrebatarle al silencio su poder de impunidad.
Publicado en el suplemento Creciendo Juntos de Levante-EMV el domingo 3 de mayo de 2026




