cerrada por derribo
La España que invierte en ladrillo y turismo se cae a pedazos. Han sido demasiadas décadas centradas en el delirio de sol y playa. A punto de inaugurar la temporada turística —la hostelería ya se frota las manos pensando en la mercadería de bravas y birras—, la Sanidad se cae a pedazos y esto no es una consecuencia de Pedro Sánchez, a quien las mentes simplonas atribuyen todos los males. El derribo de la Sanidad, y no digamos la Educación, se debe a una deriva mercantilista que antepone la economía y el poder de una minoría al bienestar, la dignidad y el buen vivir de la mayoría. Con todo, destacaría una salvedad: la misma sociedad que valora invertir en Sanidad menosprecia la Educación. Llevamos décadas escuchando un sinfín de ignorantes mantras como el de las «eternas» vacaciones del profesorado, lo «mucho» que cobran por nada, etc. Señalamos las constantes faltas de respeto del alumnado, pero ¿y qué decir de las perseverantes faltas de respeto de la sociedad y las propias instituciones, como la propia Conselleria d’Educació?
La falta de respeto que supone burocratizar la educación logrando así deshumanizarla. La falta de respeto que conlleva «sanferminizarla», convertida en un jolgorio bullicioso en el que resulta difícil atender las individualidades. La falta de respeto de suprimir autores y autoras de un temario oficial porque sí, porque unos mandan y esperan que otros obedezcan. La falta de respeto que supone la precariedad salarial y fabricar un discurso contra las condiciones laborales del profesorado, haciendo creer que cobran suficiente y pueden trabajar más y mejor. De faltas de respeto entendemos mucho el profesorado: las sufrimos a diario y durante décadas.
El mal de la educación ya es estructural. Aquí nadie recuerda, como sí ocurre con los médicos y las médicas, que nadie puede atender dignamente a un paciente —o alumno— si no dispone de tiempo y recursos. Los decretos interpelan a la inclusión, prevención del suicidio, atención individualizada, protocolos de conciliación a la carta y rápido; todo, entre papel y papel y una educación de calidad. ¿Calidad? ¿Cómo? ¿A costa de quién? La precariedad se ha instaurado en la cotidianidad educativa, desde los conocimientos hasta las relaciones humanas y las tareas ordinarias. Todo es fúnebre y destartalado. Cuando la derecha gobierna, el derribo de la educación avanza a pasos agigantados. La izquierda, en el poder, nos trae algún arreglito. Pero, como decía, los problemas del sistema educativo ya son estructurales; quiere decirse que ninguna reforma provisional, ningún apaño puntual, mejorarán su calidad. Por eso la mesa de negociación con la Conselleria d’Educació se presenta dura. No deberían parecernos suficientes tres, cuatro o cinco parches. El profesorado ya está harto de tiritas, remiendos y chapuzas. Queremos la mejor educación posible en las más óptimas condiciones laborales. Aquí nadie mendiga. Exigimos soluciones y decisiones de manera urgente.
En caso contrario, compañeras y compañeros, deberíamos plantearnos una decisión muy sensata. Si nuestra vivienda se derrumba, si se cae a pedazos, conviene abandonarla. El consenso común, el diagnóstico, parece más que evidente. Nadie discute que han dejado morir la educación, reducida a un montón de ripio. Y con ella, nuestro salario, las condiciones laborales, la dignidad de las y los docentes. A su vez, pervierten el derecho a la educación de niñas y niños, chicos y chicas, educados en unas condiciones lamentables, tercermundistas. El día 31 yo haré huelga. ¿Y tú? A partir de ahí deberemos plantearnos si cerramos la educación. Una educación cerrada por derribo.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/03/30/educacion-cerrada-derribo-128599150.html




