Lecciones de una huelga docente indefinida
Acumulo diez jornadas de huelga y una de servicios mínimos. No mantengo contacto con mi alumnado desde el 8 de mayo, ni imparto talleres en otros centros educativos. La cotidianidad académica ha quedado suspendida, pese a que la Conselleria d’Educació pretenda imponer una narrativa de «normalidad» que vulnera la dignidad del cuerpo docente; una estrategia de manual que incurre en lo que podríamos definir como violencia psicológica institucional. Al respecto, conviene analizar algunas cuestiones:
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El fuerte malestar docente nos ha unido como colectivo, como cuerpo social, orillando diferencias —que las hay y no pocas—. Quien esto firma reivindica la coeducación, tan necesaria, si no más, que la inclusión. Una escuela sin feminismo reproduce la desigualdad y la violencia por razón de sexo.
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Las personas que representan a la Conselleria d’Educació —Maricarmen, el señor de apellido difícil y el otro de Finestrat— demuestran una magnífica capacidad para negar la realidad. Quiere decirse que su nivel de delirio es poderoso. Por un lado, consideran que ofertan unas medidas de mejora de la calidad educativa que nos sitúan en la vanguardia del planeta, aunque, por alguna extraña circunstancia, desagradan a cinco sindicatos y a decenas de miles de docentes.
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La derecha no tiene complejos en desacreditar, desprestigiar y desautorizar al profesorado de la escuela pública. Se siente cómoda con quien se deja someter; una derecha amistosa ante las actitudes sumisas, proclive a la genuflexión. Nos quiere de rodillas; a su pesar, llevamos once días de huelga indefinida sin ánimo de rendición.
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El silencio de los «compañeros». ¿Cómo interpretarlo? Escucho a menudo eso de «no juzgar». Extraña reclamación cuando se juzga a unos sí y a otros no, o según convenga. Once días de huelga dan para sumarse, aunque sea simbólicamente. Al colectivo docente le falta conciencia de clase. Si un compañero no apoya, no suma, no empatiza ni muestra solidaridad tras dos semanas de lucha… ¿Compañero?
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El silencio universitario: la omisión del posicionamiento constituye, en sí misma, una forma de determinación. De ello se colige que la universidad, en tanto que institución, manifiesta una indiferencia manifiesta ante los malestares docentes.
Frente al silencio institucional, emerge la solidaridad de lo cotidiano: desde la hostelería hasta el sector del transporte, la ciudadanía parece comprender lo que la administración ignora. Existe una conciencia colectiva que valida nuestra resistencia. No sólo permanecemos en las calles por una cuestión corporativa; lo hacemos por la defensa de la educación como bien público. Frente a la degradación de nuestra labor, el apoyo social nos recuerda que la dignidad docente es, en última instancia, la garantía de una sociedad más justa.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/05/26/lecciones-huelga-docente-indefinida-130628400.html




