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La mili, un trauma

Como las canciones olvidadas y los traumas ocultos, la obligatoriedad del servicio militar ha despertado en mí viejos fantasmas. En España la mili se suspendió en 2001. Quien esto firma solicitó una prórroga por estudios. Recuerdo perfectamente esas cartas del Ministerio del Interior con la documentación adjunta. Su envío certificado sumaba un plus de susto al pedirte tu firma el cartero y saber, angustiado, que te reclamaba el ejército. Un par de veces recibí esa misiva y, hasta hoy, nunca más se ha dirigido a mí aquel ministerio; si bien conocí a Grande-Marlaska y no me temblaron las piernas. Quizá el requerimiento de las Fuerzas Armadas impusiera más que la figura de un ministro, no sé.

Mantengo intacta mi enemistad con la mili y con cualquier ejército. Ese principio ideológico perdura en mi arquitectura mental. Nunca vislumbré virtud alguna en que te recluten durante un año en un cuartel. Menos todavía en manejar un fusil, entrenar de madrugada u obedecer órdenes rígidas de tipos con absurdas condecoraciones. Repudio toda jerarquía, así que el servicio militar me supuso una inquietud existencial dormida estas dos últimas décadas. Los hombres de mi familia, por lo general, proclamaban las virtudes y beneficios de la mili, aunque cada una de sus ventajas me parecía una pesadilla. Mi padre y mis tíos dedicaron media vida a recordar emocionados batallas militares —batallas es un decir, porque se pasaron el año reclutados en el cuartel—. Allí maduras como hombre, decían; allí se forjan amistades eternas e imborrables; allí comprendes el enigma existencial. Su argumentario, más que animarme, me deprimía. Un desánimo reforzado por el hecho de que te rapaban. ¿Por qué? ¿Acaso se es menos militar con rizos, teñido o melena?

El fantasma de la mili evidencia la multitud de hombres que defienden el ejército, la guerra y la violencia. Todo por la patria, decían. ¿Y qué si alguien, como yo, es apátrida? Uno creía que esto era cosa del pasado. Pero un alumno mío, Lucas, de 18 años, me confiesa que los hombres de su familia —también el padrino de su novia, Valeria— reproducen el mismo discurso que mi padre y mis tíos. Otra generación, la misma cantinela. Quiere decirse que hay una legión de hombres —nunca mejor dicho lo de legión— emperrados en reproducir el discurso de las bondades de la vida militar. Otros, los menos, la detestamos. Miren si no el documental sobre Antonio Flores, quien, como tantos jóvenes, consideraba que le arruinaron la carrera artística por aquel «secuestro» militar. Contra las voces nostálgicas del servicio militar, reivindiquemos el discurso de la otra parte, la de quienes sufrimos la mili como un trauma.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/07/03/mili-trauma-132045823.html


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