Espí 1 – Profesor 0
Siempre pregunto a mis alumnos cómo se imaginan de adultos. No lo hago por curiosidad pedagógica ni como una estratagema motivacional para espolear su interés por el estudio —empresa vana salvo que cotices como influencer—, sino como un método de diagnóstico de su propio delirio. Sus respuestas me permiten calibrar la escala de su enajenación. Hace años, un tal Salva Ferrandis me dijo sin pestañear que su meta era convertirse en «Papa». Alcanzar el estatus de Santo Padre encaja a la perfección con la tiranía del «yo» desorbitado: concentra poder, jerarquía e infalibilidad. El jovencito acabó estudiando Farmacia por mandato familiar, pero, cumplida la obligación con sus progenitores, cursó Teología para ordenarse sacerdote. Por ahora no ha llegado al Vaticano, pero el caminante hace camino al andar y el tiempo dirá.
Todos los varones moldeados por la masculinidad tradicional añoran ser colosos. Cuando planteas la misma cuestión a las chicas, responden que quieren ser maestras, enfermeras o veterinarias; certezas sensatas, pragmáticas y pegadas al suelo. Ninguna me ha manifestado jamás el deseo de ser papisa ni de fundar un imperio. Por contra, otro joven poco dado a la especulación filosófica replicó con una rotundidad digna del Santo Padre en potencia: «futbolista». De élite, a la altura de Messi o Ronaldo. Los estudios le parecían un farragoso peaje para su meta. Yo, en mi papel de raro funcional, le solté el cliché de rigor: que el balompié es un terreno incierto, traicionero y blablablá. Mi capacidad adivinatoria quedó a la altura del betún. Tiempo después, leía en Levante-EMV un titular ilustrado con una enorme fotografía: «Carlos Espí se va al Real Madrid». El delantero fue aquel alumno mío del IES Jaume II el Just de Tavernes de la Valldigna. El marcador no deja margen a la duda: Espí 1, Profesor 0.
Me alegro sinceramente por el éxito de Espí y asumo con deportividad el repaso que la realidad le ha dado a mi teoría. Sin embargo, la coincidencia de estos dos referentes —el Vaticano y el Santiago Bernabéu guardan más paralelismos de los que parece— revela hasta qué punto la socialización masculina educa en metas inalcanzables. La tragedia de este modelo no es que un alumno esforzado como Carlos derribe mis escépticos pronósticos y alcance la cima, sino el rastro de frustración que deja en los no elegidos: un ejército de hombres educados para reyes que terminan habitando el papel de eternos derrotados.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/08/07/espi-1-profesor-0-133138929.html




