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Pienso o rebuzno a la contra

La inspiración es el resultado fortuito de un entrenamiento. Una columna —lo mismo que un ensayo, un lienzo o un marco conceptual— no cae del cielo: emerge únicamente cuando te rindes a la disciplina de suponer, imaginar, formular, anotar, tachar y reescribir. Contemplo con alivio mi propia adolescencia a salvo de la intoxicación digital. Ante la precariedad de estímulos de mi entorno, me vi empujado a buscar referentes en el ecosistema analógico de la prensa. A esa saludable carencia le debo el hallazgo temprano de las columnas de Rosa Montero y Juan José Millás, a cuyas firmas permanezco fiel más de dos décadas después.

Todas las personas somos atravesadas por las palabras ajenas. El juicio propio no se improvisa; se edifica sobre la digestión de perspectivas disonantes o extrañas que uno acuerpa. Mi «yo» está habitado por una trama de alteridades. Llega un punto en que resulta difícil deslindar tus pensamientos de otros. Lejos de ser un defecto de autenticidad, en esa permeabilidad radica la grandeza de construir un criterio: saberse deudor de los propios referentes. Alcanzar la mayoría de edad intelectual debería exigir, como condición de ciudadanía, el reconocimiento explícito de tus yoes.

Sin embargo, la figura del columnista ha sido devorada por el algoritmo. En el escaparate contemporáneo, la opinión ha cedido su sitio al creador de «contenido», esa categoría donde caben la nada y el desperdicio. Una mierda metida en una caja de cartón pasa por contenido si una plataforma le da visibilidad. Esta mutación engendra espectros como el Xokas. Su joven audiencia consume un flujo cuyo fondo nadie sabría definir, pero cuya forma es explícita: insulta, humilla, cataloga el cuerpo de las mujeres o se mofa de la vulnerabilidad. Su discurso opera por pura excitación de los afectos primarios —la ira, el resentimiento, la codicia—, una maniobra de bajísima complejidad técnica. Estimular la inteligencia exige un esfuerzo ortopédico; el rebuzno, en cambio, no precisa de adiestramiento ni de estrategia.

Frente a la arquitectura conceptual de un Francisco Umbral o un Antonio Gala, leídos con fruición en el pasado, se impone hoy una franja de influencers, youtubers y gymbros que adoctrinan a la juventud parapetados en la suficiencia de su propia fachada estético-corporal. Esta columna no cambiará el curso de las cosas; tampoco el estruendo de los creadores de contenido. La diferencia es que si un emisor deja de rebuznar, otro ocupará de inmediato su vacante. Por el contrario, la voz singular de un Juanjo Millás, una Rosa Montero o un Agustín Zaragozá no admite repuesto. Disentir con rigor y pensar en compañía se ha convertido en un lujo. Porque, frente a la vacuidad del espectáculo, el columnismo no entretiene: transforma.

https://www.levante-emv.com/opinion/2026/08/11/pienso-o-rebuzno-133230247.html


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