Yo no me visto por los pies
Entiendo la vida personal como un proceso ontológico multicausal conformado por experiencias, ideas, azares y una red social compleja —familia, amistades, compañeros/as de trabajo, vecindario—. Poco se considera, en cambio, el peso de las palabras, refranes o frases en la configuración de nuestra biografía. Usted podría morir de asfixia atragantándose con el hueso de una aceituna. La ventaja, digámoslo así, es que contamos con un léxico clínico minuciosamente categorizado que explica con detalle su ahogo mortal: disnea —falta de aire—, cianosis —coloración azulada o violácea— e isquemia cerebral —falta de riego sanguíneo en el tejido cerebral—. Parece una suerte morir y conocer los conceptos precisos que explican su deceso. Sin embargo, no siempre la semántica resulta auxiliadora. En ocasiones los conceptos nos estrangulan y morimos lentamente de falsa asfixia. Muchos individuos mueren ahogados en frases hechas sin tomar conciencia de ello, convertidos en fantasmas; las palabras desatan miedos, obsesiones, fobias o la propia muerte, como se ha dicho.
En mi familia nadie come aceitunas para ahorrarnos disgustos. Palabras sí tenemos. Un libro no escrito todavía, creo yo, relataría los vocablos que atraviesan las relaciones familiares. En mi adolescencia se decía mucho eso de «un hombre se viste por los pies». Es curioso cómo todo el mundo entiende que ese sujeto excluye a las sujetas. Luego algunos insignes filólogos insisten en que «hombres» engloba a ambos sexos, afirmación que no es cierta, porque, como sabemos, las mujeres no se visten por los pies. Carecen de una frase hecha propia sobre cómo deben vestirse. Los machos, pues, se visten por los pies. ¿Y qué ocurre con quienes, desde la infancia, nos vestimos por la cabeza? Te sientes un paria, un error. Para complicar el trauma, las palabras deliran. La aceituna que te asfixia, ¿es verde, negra, picual, arbequina, hojiblanca, cornicabra? A falta de psicoanalista, consulté el Diccionario de dichos y frases hechas de Buitrago, un hecho que traumatizó mi adolescencia cuando define vestirse por los pies como «ser alguien coherente, consecuente con sus ideas y opiniones». Así que ese día abandoné toda posibilidad de coherencia y me sentí, hasta hoy, una anomalía semántica.
Vestirse por la cabeza me supuso una muerte metafórica porque implicó renunciar a considerarme un sujeto corriente. Hoy sé que un adolescente necesita la validación de sus iguales para construir su autoestima; sentirse querido te da seguridad. Un dicho machista me arrebataba la oportunidad de crecer como un muchacho común. Carecemos de conceptos específicos como cuando te ahogas por el hueso de una aceituna. Puede que por eso todavía hoy yo no me visto por los pies. Es más: me niego a vestirme por los pies.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/07/31/visto-pies-132924904.html




