Cuerpos sin vivienda
Usted lee esta columna porque tiene a mano, seguro, un cuerpo. Empleamos con familiaridad expresiones como «dejar mal cuerpo» o «tener buen cuerpo»; disponemos de un sinfín de fórmulas sobre las partes anatómicas: «poner la mano en el fuego», «hacer oídos sordos», «tener la lengua afilada», «tener la nariz larga» o «ser culo inquieto». Nos hicieron pensar que cada individuo dispone de un cuerpo atomizado, desconectado de otros, aunque lo cierto es que, igual que el húmero o la rótula, nuestro organismo sobrevive gracias a prótesis externas estrechamente vinculadas a él. Venimos al mundo provistos de carne y de un mendrugo de pan bajo el brazo, si bien, por desgracia, nadie asegura un techo sobre el que descansar la palabra o acomodar las fatigas. La frontera entre la piel y el tabique resulta ser el fruto de un delirio colectivo, una alucinación comunitaria.
Tenemos cuerpo, sí, pero no vivienda. Toda una paradoja, habida cuenta de que el hogar otorga mayor amparo que el propio esternón. La carne afianza la existencia; el ladrillo la acomoda. Somos organismos, no cimientos, aunque precisamos de ambos. Hemos tardado en advertirlo, pues uno se refugia de la intemperie en su casa y en su propia carne, descubriendo con estupefacción que le robe el sueño el derecho a dormir bajo un techo propio. Así, la anatomía demuestra poseer razones que la lógica ignora. Los insostenibles precios y condiciones abusivas de los alquileres, sumados al esfuerzo inhumano que supone comprar la propia vivienda, han puesto en evidencia que aquello racional y real era puro delirio. Desconozco el momento exacto en que la balanza enloqueció, pero resulta insoportable que, para habitar una casa, debas maltratar tu propia mente. Alguien debería auditar el coste de semejante dislate, dado que este maltrato físico y psicológico se traduce en una merma de salud pública y en una factura insoportable para el Estado. No es suficiente contabilizar el número de suicidios por desahucio; necesitamos el registro exacto de los estragos somáticos: insomnio crónico, depresión, angustia, disociación…
Se equivocan quienes claman por el mero derecho a una vivienda digna, reduciéndola a un favor administrativo o a un bien de mercado; el habitaje no es un derecho transable, sino un deber ontológico ineludible. Pretender lo contrario es ignorar nuestra propia arquitectura biológica y social. A nadie se le ocurriría aducir el absurdo «derecho a un cuerpo digno», porque la carne se impone por sí misma. De igual modo, cada cuerpo viene al mundo con la exigencia radical e inalienable de su propio refugio. Por eso resulta éticamente insostenible y políticamente vergonzoso que exista ni una sola vida a la intemperie.
https://www.levante-emv.com/opinion/2026/10/10/cuerpos-vivienda-135145672.html




